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Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – México D.F., 2014)

Novelista colombiano, premio Nobel de Literatura en 1982 y uno de los grandes maestros de la literatura universal. Fue la figura fundamental del llamado boom de la literatura hispanoamericana, fenómeno editorial que, en la década de 1960, dio proyección mundial a las últimas hornadas de narradores del continente.

Algunas de sus principales obras: El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad, Doce cuentos peregrinos, El Coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putas tristes, su último libro.

(Resumen: El coronel había participado en una de aquellas interminables guerras civiles colombianas. Como héroe de guerra le correspondía una jubilación que nunca llegaba. Esto es lo que quiere sugerir el título.

Él y su mujer, viejos y cada día más pobres, mantenidos solo por la esperanza de recibir la tan ansiada carta del gobierno, se quitan la comida de la boca para alimentar un gallo, herencia de su hijo muerto en el reñidero.
El texto retoma el momento en que la mujer insiste en la venta del animal para satisfacer sus ya insatisfechas necesidades más elementales.)

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Encontró a su esposa tratando de incorporarse en la cama. El cuerpo estragado exhalaba un vaho de hierbas medicinales. Ella pronunció las palabras, una a una, con una precisión calculada:
-Sales inmediatamente de ese gallo.
El coronel le había previsto aquel momento. Lo esperaba desde la tarde en que acribillaron a su hijo y él decidió conservar el gallo. Había tenido tiempo para pensar.
-Ya no vale la pena, dijo. Dentro de tres meses será la pelea y entonces podremos venderlo a mejor precio.
-No es cuestión de plata, dijo la mujer. Cuando vengan los muchachos les dices que se lo lleven y hagan con el gallo lo que les dé la gana.
-Es por Agustín, dijo el coronel con el argumento previsto. Imagínate la cara con que hubiera venido a comunicarnos la victoria del gallo.
La mujer pensó efectivamente en su hijo.
-Esos malditos gallos fueron su perdición, gritó. Si el tres de enero se hubiera quedado en casa no lo hubiera sorprendido la mala hora. Dirigió hacia la puerta un índice escuálido y exclamó:
-Me parece que lo estuviera viendo cuando salió con el gallo debajo del brazo. Le advertí que no fuera a buscar la mala hora en la gallera y él me mostró los dientes y me dijo:
-Cállate, que esta tarde nos vamos a podrir de plata.
Cayó extenuada. El coronel la empujó suavemente hacia la almohada. Sus ojos tropezaron con otros exactamente iguales a los suyos.
-Trata de moverte -dijo, sintiendo los silbidos de sus propios pulmones. La mujer cayó en un sopor momentáneo. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos su respiración parecía más reposada.
-Es por la situación que estamos, dijo. Es pecado quitarnos el pan de la boca para echárselo a un gallo.
El coronel le secó la frente con la sábana.
-Nadie se muere por tres meses.
-Y mientras tanto, ¿qué comemos? -preguntó la mujer.
-No sé, dijo el coronel. Pero si nos fuéramos a morir de hambre ya nos hubiéramos muerto.
El gallo estaba perfectamente vivo frente al tarro vacío. Cuando vio al coronel emitió un monólogo gutural, casi humano, y echó la cabeza hacia atrás. Él le hizo una sonrisa de complicidad:
-La vida es dura, camarada.
Salió a la calle. Vagó por el pueblo en siesta sin pensar en nada, ni siquiera tratando de convencerse de que su problema no tenía solución. Anduvo por calles olvidadas hasta cuando se encontró agotado. Entonces volvió a la casa. La mujer lo sintió entrar y lo llamó al cuarto.
-¿Qué?
-Ella respondió sin mirarlo.
-¿Qué podemos vender, el reloj?
El coronel había pensado en eso.
-Estoy segura de que Álvaro te da cuarenta pesos enseguida, dijo la mujer. Fíjate la facilidad con que compró la máquina de coser.
Se refería al sastre para quien trabajó Agustín.
-Se le puede hablar por la mañana, admitió el coronel.
-Nada de hablar por la mañana, precisó ella. Le llevas ahora mismo el reloj, se lo pones en la mesa y le dices: “Álvaro, aquí le traigo este reloj para que me lo compre”. Él entenderá enseguida.
El coronel se sintió desgraciado.
-Es como andar cargando el santo sepulcro, protestó. Si me ven por la calle con semejante escaparate me sacan en una canción de Rafael Escalone.
Pero también esta vez su mujer lo convenció. Ella misma descolgó el reloj, lo envolvió en periódicos y se lo puso entre las manos.
-Aquí no vuelves sin los cuarenta pesos, dijo.

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