Amate 1

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En el corazón de la sierra poblana, en México, el pueblo otomí de San Pablito Pahuatlán recrea cada día el proceso prehispánico que se utilizó para fabricar este papel que sirvió como soporte de los códices y hoy es una de las principales artesanías nacionales.

 Desde que los mayas cesaron de grabar glifos cronológicos en las piedras monumentales, el papel se convirtió (con el papiro egipcio) en el soporte más antiguo de la escritura. Nacido en China en 105 a.C., el papel fue utilizado posteriormente por las civilizaciones prehispánicas para la elaboración de los códices temáticos. En otros tiempos, elemento ritual y vector ceremonial, el papel amate es muy apreciado hoy en día. Material robusto, flexible y resistente, soporte de expresión artística, magnífico aislante térmico, el amate aprovecha en la actualidad el desarrollo de las tecnologías modernas para recorrer el mundo entero.

EL UNIVERSO TRADICIONAL DE UN POBLADO OTOMÍ

Aislado dentro de una vegetación semitropical, velado por las brumas matinales, San Pablito Pahuatlán es uno de los escasos poblados otomíes que han conservado la riqueza y las tradiciones del México prehispánico. Aquí, en el corazón de la sierra de Puebla, los indígenas otomíes, desde hace siglos, asumen, además de las culturas de subsistencia [maíz, plátanos (bananas), frijoles (porotos), café], la fabricación artesanal del papel amate.

El procedimiento para elaborarlo empieza con una hendidura superficial hecha en el tronco del árbol de amate a fin de desprender la corteza. Como resultado de este despojo mortal, ciertos árboles, como el ficus silvestre y el moral, están condenados a desaparecer. En la actualidad, los amateros se ven en la necesidad de buscar, en el estado de Veracruz, la corteza de otro árbol, el  “jonote colorado”.

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Las mujeres otomíes limpian el jonote de su látex, un líquido blanco lechoso que se emplea como resolutivo y antiinflamatorio. Una vez limpias, las fibras leñosas se ponen a macerar en una caldera de cobre que se llena de agua hirviendo, a la que serán añadidas cenizas y cal para darles flexibilidad.

Después de haber hervido durante algunas horas, se lavan las fibras vegetales y se limpian los residuos. Retorcidas, escurridas y casi secas, estas fibras se cortan en tiras que después de alineadas en una tabla de madera, marcando así los límites de un rectángulo cuya superficie varía según el tamaño de la hoja que se desea. Otras tiritas quedan ubicadas perpendicularmente en el rectángulo, formando travesaños regulares. Al ser golpeada con fuerza por una piedra basáltica acanalada, la trama fibrosa se machaca y se extiende en una masa flexible de textura homogénea y fina.

El martilleo de las fibras, repetido en las 500 moradas del pueblo, produce un verdadero concierto de “toc-toc-tocs” arrítmicos e incesantes, que repercuten en todo el valle del río San Marcos. Aplanada, cortada en láminas, alisada con cáscara de naranja o con la mazorca del elote, la hoja de amate que así se obtiene es expuesta al sol para secar. Desde hace siglos, los otomíes utilizan los mismos instrumentos, las mismas técnicas. Solo el color del papel puede modificarse usando una solución de cloro.

Los escasos cortes y rasgaduras que subsisten serán reparados por el “jonotero”, y taponados con un látex (la güeña) que es extraído del bulbo de la orquídea.

Las innovaciones actuales integran una gama completa de hojas de diferente tamaño, tales como los “huarachitos” (5 x 7 cm) o las “medianas” (20 x 30 cm) destinadas a la pintura o a la decoración de pantallas para  lámparas. Otras hojas más gruesas, de mayor tamaño ( más de 5 m2   de superficie) son exportadas a Europa como aislante térmico de tabiques murales.

Para satisfacer las necesidades del mercado, los papeleros otomíes trabajan todos los días, incluso el domingo. Cada familia produce aproximadamente 200 medianas por semana, las cuales serán vendidas (de 2.000 a 10.000 pesos cada una) en los mercados de Puebla, Ciudad de México o Acapulco.

EL ENCUENTRO SIMBIÓTICO DE DOS CULTURAS

Una de las manifestaciones más apreciadas del arte popular mexicano es, sin duda, la pintura sobre amate. Se practica hace más de 30 años y nació del encuentro benéfico de dos etnías: los amateros otomíes de San Pablito y los pintores nahuas de Guerrero. Las tradiciones artesanales específicas de estos indígenas hunden sus raíces en las antiguas culturas mesoamericanas.

La historia, los rituales, las ceremonias de las civilizaciones prehispánicas se encuentran consignadas en los manuscritos temáticos pintados sobre el amate. Hoy, cada cultura tradicional otomí o nahua parece estar en simbiosis con la otra sin perder sus valores esenciales intrínsecos. Sin embargo, tanto los amateros como los pintores adoptan ciertos aspectos de la tecnología industrial para responder mejor a las necesidades de los mercados nacional e internacional.

La clasificación de las pinturas sobre amate se efectúa según diferentes temáticas: “espontaneros”, las imágenes espontáneas de la vida cotidiana, son a la fecha mucho más apreciados que los “históricos” o los “decorativos”, que representan pájaros o flores de colores vivos.

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(Fuente: texto extraído y adaptado de la revista GEOMUNDO nº 276)

 

 

 

 

 

 

 

 

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